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“Quiero mostrarle al mundo que Uruguay tiene una cocina que nos caracteriza”
Con la apertura de hugo, su nuevo restaurante en Montevideo, Hugo Soca vuelve sobre el origen de su cocina. El embajador de Marca País sostiene que la gastronomía uruguaya tiene un enorme potencial para proyectarse al mundo
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Para Hugo Soca, el nuevo restaurante que lleva su nombre no es solo una apertura gastronómica ni un nuevo paso empresarial. Es, sobre todo, una síntesis. Un espacio donde confluyen su biografía, su forma de cocinar, su estética y también su manera de contar sobre Uruguay.
“Este proyecto es el resumen de todo lo que he venido trabajando, todo lo que he ido mostrando en todos estos años a través de la cocina y de la comunicación”, dice. Y enseguida completa la idea: hugo no es únicamente un restaurante, sino una casa abierta a los demás para poner en valor la identidad uruguaya con los productos, con los productores, con la cocina y con la esencia de familia.
Soca es, además, embajador de Marca País, un rol desde el que promueve la identidad y los valores de Uruguay a través de la gastronomía. Desde esa perspectiva, su trabajo no solo pone en valor la cocina local, sino también la producción nacional, el vínculo con el territorio y la cultura que se expresa en cada plato.
Su restaurante hugo remite a una historia que empieza mucho antes de la cocina profesional. Empieza en el campo, como él mismo la narra, con un niño que gateaba entre la tierra, el pasto, la madera, la piedra y el monte. En un hogar sin luz eléctrica ni agua potable, donde el horno a leña y el agua de pozo formaban parte de la vida cotidiana. En una infancia atravesada por el trabajo rural, el contacto directo con los animales, la huerta, los quesos caseros y la cocina hecha desde cero.
En su relato, el restaurante está lleno de esas señales. La planta de laurel en la entrada, por ejemplo, remite a la primera aromática que recuerda haber plantado de niño, pero también al emblema de la cocina casera, al tuco de los domingos, a esa memoria doméstica que busca recuperar. Los hornos a leña evocan la cocina de su abuela y de su infancia; la madera, la piedra y los tonos grises del espacio dialogan con el interior del país, con la tierra y con el paisaje rural. Incluso la casa en sí —una construcción de 1920, con su escalera original preservada— fue pensada como parte del relato.
Para Soca, cada proyecto debe contar una historia, y en este caso la historia es la suya, pero también la de un Uruguay profundo, productivo y afectivo.

La propuesta culinaria acompaña esa misma idea. Lejos de una gastronomía concebida exclusivamente desde la sofisticación o la tendencia, Soca insiste en una cocina de memoria, cercana y emocional. La vigencia de platos aparentemente simples, como los buñuelos, el arroz con leche, los panqueques con dulce de leche, los canelones o la comida de olla, confirma, a su juicio, que hay una identidad culinaria profundamente arraigada en la experiencia de los hogares.
“Lo más vendido siempre fueron los buñuelos. Y en lo dulce, el arroz con leche”, cuenta. No lo dice como una curiosidad comercial, sino como una prueba de algo más profundo, porque esos platos activan recuerdos, afectos y escenas familiares que siguen vivos en la memoria colectiva. “El arroz con leche emociona, el arroz con leche hace vibrar”, asegura.
Esa cocina, para Soca, también es una forma de pensar el país. Como embajador de Marca País, entiende que la gastronomía puede y debe ocupar un lugar más visible en la manera en que Uruguay se presenta hacia afuera. Y allí aparece una convicción central de su discurso, que Uruguay ha sido comunicado durante demasiado tiempo casi exclusivamente a través de la carne y que su riqueza gastronómica es más amplia y diversa.
“Obviamente que tenemos una carne espectacular. Pero eso ya se sabe”, plantea. A su entender, el desafío está en mostrar también la cocina cotidiana, los lácteos, los vinos, los quesos artesanales, los productos de la costa, la cocina de olla, los embutidos, los dulces tradicionales y, sobre todo, el entramado humano que existe detrás de cada producto.
En ese punto, su mirada sobre la gastronomía se vuelve inseparable de su defensa del productor rural y del pequeño emprendedor. En hugo, explica, no solo quiso darle espacio a la cocina, quiso darle espacio a la producción nacional. “hugo le da espacio al productor rural, al tambero, al bodeguero, le da espacio al que hace productos para que la gente disfrute nuestro país”, dice sobre el restaurante.
Su trabajo en De la tierra al plato, el programa televisivo que recorre Uruguay desde hace diez años, consolidó esa perspectiva. Allí, señala, no solo conoció de primera mano los productos y las recetas del país, sino también a la gente detrás de ellos: emprendedores, productores, cocineros y familias de cada departamento. Esa experiencia reforzó su convicción de que Uruguay tiene una riqueza productiva y gastronómica que muchas veces el propio uruguayo desconoce.
“Mucha gente se sorprende cuando muestro un productor o un pequeño emprendedor y dicen: ‘Ah, ¿todo eso en Uruguay?’ Sí, en Uruguay tenemos eso y tenemos mucho más”, afirma.
En su visión, la cocina tiene una potencia singular para contar esa historia. Porque no solo se ve o se prueba, también se narra. Se transmite en una receta, en una conversación, en una imagen, en una memoria. Por eso insiste en que la gastronomía puede funcionar como una herramienta privilegiada para posicionar internacionalmente a Uruguay.

“La cocina es emoción, la cocina es sensibilidad y la cocina se cuenta”, resume. Cuando habla de una preparación nacida en su infancia —de unos buñuelos hechos con verduras de la huerta, huevos recién juntados, leche ordeñada esa mañana y grasa de cerdo calentada en la cocina a leña— no está solo describiendo una receta, está contando un país, una cultura material, un vínculo con la tierra y una forma de habitar el territorio.
De ahí que, cuando piensa en lo que un visitante extranjero debería descubrir al entrar a hugo, la respuesta no se agota en el sabor. Le gustaría que descubriera el valor de la familia, la identidad del país, la diversidad de su producción y la cercanía con quienes la hacen posible. En Uruguay, subraya, a pocos kilómetros de una ciudad ya se puede acceder a productores rurales, a bodegas, a tambos, a pequeñas elaboraciones. Esa escala, esa proximidad y esa autenticidad también forman parte de la experiencia país.
“Quiero que el comensal se lleve que Uruguay tiene una identidad, que Uruguay tiene una producción nacional”, dice.